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Derechos de Autor

viernes, 25 de noviembre de 2011

“Lo bueno es que escribir no sirve para nada de lo que uno quiere.

Escribir es un límite, un dolor, un defecto más.

Lo bueno es que después de hacerlo te sientes pésimo.

Nada ha cambiado, todo sigue en su sitio, Pelé no vuelve a la cancha (…)

Lo malo es que escribir no cura tus deseos asesinos, que asaltar un supermercado sigue siendo tu objetivo imposible.

Lo malo es que aún deseas un amor inolvidable (…)

Lo malo es que escribir sirve para todo lo que tú no quieres”.



Por mera costumbre académica, hay una necesidad de justificar los pasos que se dan. Mucho más, dice la conciencia, cuando lo que queda de uno, el cuerpo del delito, son las palabras propias hablando por dos almas (para condimentar el peso legal de la situación). Por eso Medina Reyes, por eso su idea de que escribir es otra forma de morir sin la cual ya no podía vivir. Este intento nuestro es mucho más humilde pues carece, en primera medida, de un ego caribeño. Acá pasarán las palabras que ya no pueden dejar de existir y que se rehúsan a ser abortos pudriéndose en las entrañas, proyectos del decir, silencios, nulidad…para convertirse en abortos sobre la mesa, proyectos del hacer, post silencios, intensidad.

Escribimos porque sí y porque no. Porque el tiempo juega con uno y uno debería poder jugar con él, en un grácil payback. Porque la soledad le hace barra a los experimentos para dejar de sentirla. Porque ese amor inolvidable será enterrado entre letras y sólo quedará la ficción que uno hizo de él y cómo es de maravilloso jugar con las ficciones, a la realidad, a las escondidas, a los congelados. Porque la Luz que me llegó a la vida, venía arropada en palabras y merecer sus halos es también un trueque de sensibilidad.

Olvidaremos el riesgo notarial de lo escrito: Lo que usted escribe es y no hay nueva posibilidad de realizarse en lo dicho. ¿Por qué? ¿Acaso la vida no encuentra siempre nuevas formas de reescribir nuestra concepción de dolor, de amor, de silencio, de tiempo? Por esa misma indeterminación, por ese carecer de límites para pensarse (cosa que es terrible y dolorosa porque ya ni el cuerpo forma una forma, porque uno tiene tan poco que ni bordes tiene), las palabras de hoy son el descanso de una corriente de agua sobre una piedra. Una piedra que no volverá a ver, que ya no estará más y que se puede confundir con otras piedras-días pero nunca será la misma. Nunca podré decir lo mismo del mismo calor, del mismo lugar, del mismo recuerdo, de la misma promesa.

Finalmente, habrá que decir, antes de empezar, que la palabra reemplaza la acción, no la ornamenta shakespereanamente sino que la posee, la atraviesa y se pone su piel: la palabra se moverá como no se mueve este cuerpo.

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