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Las cosas no existen en sí; siempre son investidas por una mirada, por un valor que las hace dignas de ser percibidas.
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lunes, 22 de abril de 2019
viernes, 9 de diciembre de 2011
ODA AL ALMUERZO. Porque finalmente fue en un Banquete donde se habló del amor.

ODA AL ALMUERZO.
Neruda hizo odas al vino (el que nunca ha cabido en una copa), a la tristeza (que no le he podido torcer el cuello) y al tiempo (que ha borrado también mi identidad, asumiendo que alguna vez tuve alguna), y me pregunto por qué no hacer una alabanza al almuerzo. El almuerzo puede ser la comida más importante del día, uno ve alegres proletariados corriendo a restaurantes, mesas, manteles, sillas y barras, para comer, para probar el vientre de la tierra, fresco, caliente, variado y nutritivo. Pero no, no quiero hablar de ese abanico de opciones que van desde los $3.500 hasta los $20.000. Quiero pensar por un momento en lo que ocurre durante los almuerzos que no son olvidables. Y es que uno se vuelve el alimento del amante. Y viceversa. No como la carne feminista de Rosario Castellanos ni los postres eróticos de Esquivel…más bien, como una reunión primitiva, una vuelta a lo antiguo, a la sensualidad prístina de esa relación entre alimento y cuerpos, entre amar y cenar. Hablo entonces del aire del silencio o de las pocas palabras que caben entre la masticación y el suspiro. Alabo el almuerzo porque en él me han dicho lo más íntimo, lo más cercano, lo más sensual y lo más triste que un humano en plena digestión puede aguantar. Entonces, la noticia, la revelación se vuelve alimento también. En la forma más literal y cierta para mis dientes y estómago, me como al amado, lo devoro y así sólo queda de él, el hueso. Listo. Cuando él se volvió palabra para mí, queda listo para que se lo lleve la mesera. Si quiere hacer abono, ramillete, plantación o reciclaje, adelante. El mío ya no es ese que terminó de almorzar, el mío es esa narración de una verdad que me quedó en el paladar y se alivia, de a pocos, con sorbos de café.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Abarrotados
Dicen y predicen,
enuncian, anuncian y denuncian,
proponen, disponen y posponen,
inventan, alertan y fingen,
hurgan entre lo increíble, lo imposible, lo absurdo y lo inconcebible,
arañan con agudeza sorprendente, insólita y fantástica, lo querido, lo olvidado, lo profano, lo sagrado, lo odiado... lo mentado,
agotan agendas, lapiceras, cuadernos, plumas, teclados, lápices y libretas con la sonrisa orgullosa de quien aprovecha sus horas,
se sumergen ufanamente entre historias, cuentos, poesías, artículos, textos y escritos, para sonsacar ideas, criticar posturas, reflexionar intenciones, allanar matices, comparar, angustiar... en últimas disfrutar de otros, con otros, consigo mismos,
mitigan entre hechos, dichos y utopías las realidades que apañan los silencios y algarabias del mundo,
se disfrazan de personajes que fueron, que serán, que ingenuamente intentan ser,
inspirados, hastiados y sofocados de las realidades y cotidianidades, se conjugan con lo efímero, lo trágico y lo romántico, en un pabellón de fantasías,
resueltos, se niegan, se afirman y se contradicen en letras escritas no siempre entendidas, siempre abiertas a quien desee resarcir su ingenio,
embelesados ante la hoja en blanco, dibujan absurdos por la escurridiza piel de las palabras.
Y al final los escritos y sus hacedores están tan solos, solos y abarrotados.
viernes, 25 de noviembre de 2011
“Lo bueno es que escribir no sirve para nada de lo que uno quiere.
Escribir es un límite, un dolor, un defecto más.
Lo bueno es que después de hacerlo te sientes pésimo.
Nada ha cambiado, todo sigue en su sitio, Pelé no vuelve a la cancha (…)
Lo malo es que escribir no cura tus deseos asesinos, que asaltar un supermercado sigue siendo tu objetivo imposible.
Lo malo es que aún deseas un amor inolvidable (…)
Lo malo es que escribir sirve para todo lo que tú no quieres”.
Por mera costumbre académica, hay una necesidad de justificar los pasos que se dan. Mucho más, dice la conciencia, cuando lo que queda de uno, el cuerpo del delito, son las palabras propias hablando por dos almas (para condimentar el peso legal de la situación). Por eso Medina Reyes, por eso su idea de que escribir es otra forma de morir sin la cual ya no podía vivir. Este intento nuestro es mucho más humilde pues carece, en primera medida, de un ego caribeño. Acá pasarán las palabras que ya no pueden dejar de existir y que se rehúsan a ser abortos pudriéndose en las entrañas, proyectos del decir, silencios, nulidad…para convertirse en abortos sobre la mesa, proyectos del hacer, post silencios, intensidad.
Escribimos porque sí y porque no. Porque el tiempo juega con uno y uno debería poder jugar con él, en un grácil payback. Porque la soledad le hace barra a los experimentos para dejar de sentirla. Porque ese amor inolvidable será enterrado entre letras y sólo quedará la ficción que uno hizo de él y cómo es de maravilloso jugar con las ficciones, a la realidad, a las escondidas, a los congelados. Porque la Luz que me llegó a la vida, venía arropada en palabras y merecer sus halos es también un trueque de sensibilidad.
Olvidaremos el riesgo notarial de lo escrito: Lo que usted escribe es y no hay nueva posibilidad de realizarse en lo dicho. ¿Por qué? ¿Acaso la vida no encuentra siempre nuevas formas de reescribir nuestra concepción de dolor, de amor, de silencio, de tiempo? Por esa misma indeterminación, por ese carecer de límites para pensarse (cosa que es terrible y dolorosa porque ya ni el cuerpo forma una forma, porque uno tiene tan poco que ni bordes tiene), las palabras de hoy son el descanso de una corriente de agua sobre una piedra. Una piedra que no volverá a ver, que ya no estará más y que se puede confundir con otras piedras-días pero nunca será la misma. Nunca podré decir lo mismo del mismo calor, del mismo lugar, del mismo recuerdo, de la misma promesa.
Finalmente, habrá que decir, antes de empezar, que la palabra reemplaza la acción, no la ornamenta shakespereanamente sino que la posee, la atraviesa y se pone su piel: la palabra se moverá como no se mueve este cuerpo.
