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viernes, 9 de diciembre de 2011

ODA AL ALMUERZO. Porque finalmente fue en un Banquete donde se habló del amor.


ODA AL ALMUERZO. Porque finalmente fue en un Banquete donde se habló del amor.

Neruda hizo odas al vino (el que nunca ha cabido en una copa), a la tristeza (que no le he podido torcer el cuello) y al tiempo (que ha borrado también mi identidad, asumiendo que alguna vez tuve alguna), y me pregunto por qué no hacer una alabanza al almuerzo. El almuerzo puede ser la comida más importante del día, uno ve alegres proletariados corriendo a restaurantes, mesas, manteles, sillas y barras, para comer, para probar el vientre de la tierra, fresco, caliente, variado y nutritivo. Pero no, no quiero hablar de ese abanico de opciones que van desde los $3.500 hasta los $20.000. Quiero pensar por un momento en lo que ocurre durante los almuerzos que no son olvidables. Y es que uno se vuelve el alimento del amante. Y viceversa. No como la carne feminista de Rosario Castellanos ni los postres eróticos de Esquivel…más bien, como una reunión primitiva, una vuelta a lo antiguo, a la sensualidad prístina de esa relación entre alimento y cuerpos, entre amar y cenar. Hablo entonces del aire del silencio o de las pocas palabras que caben entre la masticación y el suspiro. Alabo el almuerzo porque en él me han dicho lo más íntimo, lo más cercano, lo más sensual y lo más triste que un humano en plena digestión puede aguantar. Entonces, la noticia, la revelación se vuelve alimento también. En la forma más literal y cierta para mis dientes y estómago, me como al amado, lo devoro y así sólo queda de él, el hueso. Listo. Cuando él se volvió palabra para mí, queda listo para que se lo lleve la mesera. Si quiere hacer abono, ramillete, plantación o reciclaje, adelante. El mío ya no es ese que terminó de almorzar, el mío es esa narración de una verdad que me quedó en el paladar y se alivia, de a pocos, con sorbos de café.