
ODA AL ALMUERZO.
Neruda hizo odas al vino (el que nunca ha cabido en una copa), a la tristeza (que no le he podido torcer el cuello) y al tiempo (que ha borrado también mi identidad, asumiendo que alguna vez tuve alguna), y me pregunto por qué no hacer una alabanza al almuerzo. El almuerzo puede ser la comida más importante del día, uno ve alegres proletariados corriendo a restaurantes, mesas, manteles, sillas y barras, para comer, para probar el vientre de la tierra, fresco, caliente, variado y nutritivo. Pero no, no quiero hablar de ese abanico de opciones que van desde los $3.500 hasta los $20.000. Quiero pensar por un momento en lo que ocurre durante los almuerzos que no son olvidables. Y es que uno se vuelve el alimento del amante. Y viceversa. No como la carne feminista de Rosario Castellanos ni los postres eróticos de Esquivel…más bien, como una reunión primitiva, una vuelta a lo antiguo, a la sensualidad prístina de esa relación entre alimento y cuerpos, entre amar y cenar. Hablo entonces del aire del silencio o de las pocas palabras que caben entre la masticación y el suspiro. Alabo el almuerzo porque en él me han dicho lo más íntimo, lo más cercano, lo más sensual y lo más triste que un humano en plena digestión puede aguantar. Entonces, la noticia, la revelación se vuelve alimento también. En la forma más literal y cierta para mis dientes y estómago, me como al amado, lo devoro y así sólo queda de él, el hueso. Listo. Cuando él se volvió palabra para mí, queda listo para que se lo lleve la mesera. Si quiere hacer abono, ramillete, plantación o reciclaje, adelante. El mío ya no es ese que terminó de almorzar, el mío es esa narración de una verdad que me quedó en el paladar y se alivia, de a pocos, con sorbos de café.